26 Ago ¿Qué está pasando con el comercio de Sants y Creu Coberta?
¿Qué está pasando con el comercio de Sants y Creu Coberta? Rentabilidad, fiscalidad y futuro del comercio de proximidad
Este artículo está dedicado a los compañeros y compañeras de Sants Establiments Units y a los comerciantes de Creu Coberta, con quienes compartimos uno de los grandes ejes comerciales de Barcelona y muchos de los problemas y retos que vive hoy el comercio de proximidad.
El pasado lunes 24 de agosto, el Telenotícies de 3Cat dedicó un reportaje al cambio de fisonomía que está experimentando el comercio de toda la vida en la carretera de Sants y Creu Coberta. La desaparición de establecimientos históricos, la llegada de nuevos negocios y la transformación progresiva de uno de los grandes ejes comerciales de Barcelona son una realidad que cualquier persona que conozca el barrio puede comprobar simplemente paseando por él.
Ver el reportaje de 3Cat sobre el comercio de Sants y Creu Coberta
En el reportaje se apuntan especialmente dos motivos para explicar esta transformación: el precio de los alquileres y la falta de relevo generacional. Son dos factores que existen y que sería absurdo negar. Pero después de escuchar el reportaje y, sobre todo, de hablar estos días con comerciantes de Sants, creo que la realidad es bastante más compleja.
Hay una palabra que, a mi entender, debería ocupar una posición central en este debate: rentabilidad.
Un comercio no vive de la facturación
Quizás esta sea la primera cuestión que deberíamos tener clara.
Un comercio no vive de lo que factura. Vive de lo que queda después de pagarlo todo.
Personal, cotizaciones sociales, alquiler cuando lo hay, suministros, seguros, gestoría, mantenimiento, sistemas informáticos, comisiones, impuestos, tasas y muchos otros gastos van reduciendo el margen del negocio.
Por eso creo que centrar el debate principalmente en el precio de los alquileres puede llevarnos a un diagnóstico incompleto. Naturalmente que el alquiler importa. Un local con una renta desproporcionada puede hacer inviable cualquier actividad. Pero el alquiler es solo una de las muchas piezas que determinan si un negocio funciona.
Un local de 1.500, 1.700 o 2.000 euros mensuales puede ser asumible para una determinada actividad y absolutamente inviable para otra. Dependerá de la facturación, del margen comercial, del personal necesario, de las inversiones, de los suministros y de todos los demás costes.
Por tanto, más que preguntarnos simplemente si los alquileres son caros, quizás deberíamos preguntarnos por qué cada vez cuesta más que determinados negocios puedan asumir esos alquileres y seguir siendo rentables.
Quizás la falta de relevo generacional sea una consecuencia
También se habla mucho de falta de relevo generacional. Es cierto que muchos comerciantes llegan a la edad de jubilación y sus hijos e hijas deciden seguir otro camino profesional.
Pero yo plantearía la pregunta al revés: ¿por qué no quieren continuar?
Cuando una persona joven ve que asumir el negocio familiar significa trabajar muchas horas, arriesgar capital, gestionar personal, afrontar impuestos y cotizaciones, adaptarse continuamente a nuevas obligaciones administrativas y obtener después una rentabilidad limitada, quizás el problema no sea que no tenga vocación o que las nuevas generaciones no quieran trabajar.
Quizás el negocio que se les ofrece continuar ha dejado de ser suficientemente atractivo desde el punto de vista financiero.
Por eso pienso que, al menos en muchos casos, la falta de relevo generacional no es tanto la causa del problema como una de sus consecuencias.
Si un negocio funciona, tiene clientes, ofrece perspectivas de futuro y permite ganarse dignamente la vida, será mucho más fácil encontrar personas dispuestas a continuarlo.
El coste de contratar también condiciona el crecimiento
En las conversaciones que he mantenido estos días con comerciantes ha aparecido repetidamente otra cuestión: el coste de tener personal.
Uno de los ejemplos que me han explicado me parece especialmente significativo. Un comerciante necesitaría incorporar a una persona más para poder desarrollar su actividad en mejores condiciones. Según sus cálculos, esta contratación le representaría aproximadamente 2.100 euros mensuales entre salario y cotizaciones.
No presento esta cantidad como un coste general de contratación, porque evidentemente dependerá del salario, la jornada, el convenio aplicable y muchas otras variables. Lo que me interesa es el problema que hay detrás.
El negocio necesita crecer para funcionar mejor, pero el coste de crecer puede impedirle hacerlo.
Y esto tiene consecuencias. El comerciante continúa asumiendo personalmente más horas de las que serían deseables, no puede ampliar horarios o servicios, renuncia a oportunidades de negocio y, al final, corre el riesgo de agotarse.
Esta realidad también ayuda a entender por qué emprender, ampliar un negocio o contratar personal se percibe hoy como una decisión que comporta un riesgo considerable.
Vender más no significa necesariamente ganar más
Otro comerciante me explicaba que en varias ocasiones se ha planteado trasladar su negocio a la carretera de Sants.
Está convencido de que una ubicación con mayor paso de personas probablemente le permitiría incrementar las ventas. Pero realizar el traslado implicaría asumir un alquiler de entre 1.700 y 2.000 euros mensuales por un local de aproximadamente 75 a 100 metros cuadrados, incorporar a dos personas más y afrontar, además, la inversión inicial necesaria para adecuar el local.
El resultado es que, pese a considerar comercialmente atractiva la carretera de Sants, no ve viable asumir el riesgo.
Esta experiencia nos deja una idea que me parece fundamental:
Facturar más no significa necesariamente ganar más.
Un negocio puede tener más clientes, incrementar las ventas y, a pesar de ello, acabar siendo menos rentable si para conseguirlo necesita más personal, más estructura, un local más caro y una inversión inicial importante.
Y aquí tenemos una de las paradojas que deberíamos analizar cuando vemos locales vacíos en un gran eje comercial: puede haber comerciantes que querrían ocuparlos y crecer, pero que consideran excesivo el riesgo global que deben asumir.
Fiscalidad y burocracia: ¿qué queda al final?
Personalmente, considero que la presión fiscal y el conjunto de cargas económicas que soporta la pequeña actividad empresarial son excesivas.
Y no estoy señalando específicamente al Ayuntamiento de Barcelona. Hablo del conjunto de las administraciones públicas.
Si realmente queremos defender el pequeño comercio, no podemos limitarnos a mirar cuánto factura. Deberíamos mirar cuánto queda después de pagar impuestos, cotizaciones, personal y el resto de gastos, y cuántas horas ha necesitado trabajar el comerciante para obtener ese resultado.
A ello se añade otro coste que a menudo resulta más difícil de cuantificar: el tiempo dedicado a la burocracia.
Fiscalidad, facturación, consumo, protección de datos, normativa laboral, seguridad, residuos, horarios, inspecciones y otras obligaciones pueden tener, cada una por separado, su justificación. El problema para el pequeño negocio es la suma.
Una gran empresa dispone de departamentos jurídicos, fiscales, laborales, administrativos e informáticos. En un pequeño comercio, muchas veces es la misma persona quien abre la tienda, compra, vende, atiende a los clientes, habla con los proveedores, resuelve incidencias y, cuando termina la jornada, todavía debe ocuparse de cuestiones administrativas.
Son horas de trabajo, pero son horas que nadie paga.
VERI*FACTU es un ejemplo reciente de la necesidad de adaptación que comportan los cambios normativos en materia de facturación. No cuestiono la finalidad de la medida. Lo que planteo es que cualquier nueva obligación significa informarse, consultar a asesores, adaptar programas y procedimientos y dedicar tiempo y recursos.
Todo ello también forma parte de la rentabilidad real de un negocio.
También debemos hablar del poder adquisitivo de los clientes
Hasta ahora hemos hablado sobre todo de los costes que soporta el comerciante, pero existe otra cara de la misma moneda: la capacidad de compra de sus clientes.
Si una familia debe dedicar una parte cada vez más importante de sus ingresos a la vivienda, alimentación, energía y otras necesidades básicas, dispone de menos renta para otros consumos.
Y cuando el precio se convierte en el principal criterio de compra, determinadas grandes plataformas digitales parten con una ventaja considerable respecto al pequeño comercio físico.
Esto no significa que Internet sea necesariamente el enemigo del comercio de proximidad. Al contrario. La digitalización también ofrece enormes posibilidades para comunicar, vender, fidelizar clientes, gestionar mejor los stocks y llegar a nuevos públicos.
El reto es que el pequeño comercio pueda aprovechar la tecnología sin perder aquello que lo diferencia: proximidad, conocimiento del producto, servicio, confianza y vinculación con el barrio.
Los alquileres importan, pero no lo explican todo
Naturalmente que debemos hablar de los alquileres. Pero me cuesta compartir que esta sea la principal explicación de lo que está ocurriendo.
Algunos comerciantes recuerdan épocas en las que los alquileres representaban también un esfuerzo económico considerable y, pese a ello, era difícil encontrar locales vacíos en la carretera de Sants y Creu Coberta.
La diferencia es que el comercio físico tenía una capacidad de generar negocio diferente.
Por eso creo que antes de plantear que la solución pasa principalmente por intervenir en el precio de los locales, deberíamos analizar la viabilidad económica completa de los negocios que queremos que los ocupen.
La cuestión no es solo cuánto cuesta el local. Es cuánto debe vender ese comercio para pagar el local, el personal, los impuestos, las cotizaciones, los suministros y el resto de gastos y, después de todo ello, proporcionar una remuneración razonable a la persona que ha invertido su dinero y dedica allí su trabajo.
Horarios, seguridad, inspecciones, obras… todo suma
La realidad cotidiana del pequeño comerciante está formada por muchas otras cosas.
Están los horarios comerciales. Está la gestión del personal. Están las inspecciones y las obligaciones administrativas. Está la seguridad.
Para un comerciante, sufrir un hurto no es simplemente un dato en una estadística. Es una pérdida económica, pero también significa denuncias, seguros, sistemas de vigilancia, tiempo y tener que estar permanentemente pendiente de lo que sucede dentro y fuera del establecimiento.
En el caso concreto de Sants tenemos, además, las afectaciones derivadas de las obras del metro. Son actuaciones necesarias y evidentemente deben hacerse. Pero eso no impide reconocer que las modificaciones de movilidad, las vallas, el ruido o las dificultades de acceso pueden representar una presión añadida para los negocios afectados.
No se trata de no hacer las obras. Se trata también de tener presentes a las personas que deben continuar levantando la persiana mientras duran.
El pequeño comercio es economía, pero también es barrio
Una ferretería, una panadería, una mercería, una librería, una tienda de ropa, un bar o cualquier otro establecimiento de proximidad es, ante todo, una actividad empresarial. Y para que continúe existiendo debe ser rentable.
Pero el comercio también es luz en la calle, personas entrando y saliendo, relaciones entre vecinos, conocimiento del barrio, seguridad, diversidad y vida.
Esto no significa que cualquier comercio tradicional deba durar para siempre. Tampoco que los nuevos negocios sean peores que los antiguos. Sants siempre ha cambiado y seguirá cambiando.
Lo que me preocupa es que lleguemos a considerar normal que mantener un pequeño negocio no salga a cuenta.
Porque si esto ocurre, no habrá campaña institucional ni apelación al relevo generacional que pueda solucionar el problema.
¿Qué podemos hacer?
No creo que exista una única solución. Precisamente porque tampoco existe una única causa.
Pero sí creo que deberíamos hablar seriamente de fiscalidad proporcionada, simplificación administrativa, costes asumibles de contratación, apoyo útil a la digitalización, seguridad, accesibilidad a los ejes comerciales y medidas que faciliten que los negocios sean viables y puedan crecer.
Y antes de decidir qué necesita el comercio, deberíamos hacer algo muy sencillo: escuchar a los comerciantes.
Preguntar a las personas que cada mañana levantan la persiana qué les impide contratar a una persona más, ampliar el negocio, invertir, trasladarse a un local mejor o dar continuidad a la empresa familiar.
Porque posiblemente encontraremos respuestas bastante diferentes de las que obtenemos cuando el debate se plantea únicamente desde fuera.
Comercio, consumo y conflictos empresariales: también necesitamos diálogo
Hay otra perspectiva desde la que observo esta realidad: mi trabajo como abogado, mediador y conciliador.
Detrás de los negocios también hay conflictos. Conflictos entre socios, problemas en empresas familiares, desacuerdos entre propietarios y arrendatarios, conflictos laborales, discrepancias con proveedores, reclamaciones de consumidores, dificultades derivadas del relevo generacional o situaciones en las que una empresa debe reorganizarse porque el modelo que había funcionado durante años ya no ofrece los mismos resultados.
La mediación empresarial, la conciliación, la mediación en consumo y los Métodos Adecuados de Solución de Controversias (MASC) pueden ayudar a resolver muchos de estos conflictos sin añadir más costes, tiempo y desgaste a una actividad empresarial que ya soporta suficientes presiones.
Esta manera de abordar los conflictos también puede ser útil cuando hablamos del futuro del comercio.
Administraciones, comerciantes, propietarios, trabajadores, asociaciones comerciales, consumidores y vecinos no tienen siempre los mismos intereses. Pero eso no significa que sean incompatibles.
Escuchar, entender los intereses de cada uno y buscar soluciones que permitan mantener actividad económica en nuestras calles es también una forma de defender el comercio de proximidad.
¿Qué queremos que sea Sants dentro de diez años?
Como miembro de la Junta de Sants Establiments Units y como persona vinculada desde hace muchos años a Sants, el reportaje del Telenotícies me ha parecido una buena oportunidad para volver a poner este debate sobre la mesa.
Hablemos de los alquileres. Hablemos del relevo generacional. Hablemos de Internet, de los nuevos consumidores y de los nuevos modelos de negocio.
Pero hablemos también, sin miedo, de rentabilidad, fiscalidad, cotizaciones, burocracia, regulaciones, horarios, costes laborales, poder adquisitivo, seguridad y de las condiciones reales en las que hoy una persona decide abrir y mantener un pequeño comercio.
Quizás la pregunta no sea solo por qué los hijos e hijas de un comerciante no quieren continuar con el negocio familiar.
La pregunta que deberíamos hacernos es:
¿Qué condiciones estamos creando para que valga la pena continuarlo?
Si un pequeño comercio es viable, tiene clientes y permite obtener una rentabilidad digna, será mucho más fácil encontrar personas dispuestas a invertir en él, asumir un alquiler, contratar trabajadores, modernizarlo y, cuando llegue el momento, darle continuidad.
El comercio de Sants y Creu Coberta cambiará. Seguro. Siempre lo ha hecho.
Pero una cosa es que cambie y otra que deje de ser viable.
El reto es conseguir que siga siendo comercio, que siga siendo diverso, que siga generando actividad económica y empleo y que siga dando vida a nuestras calles.
Daniel Sererols Villalón
Abogado, mediador y conciliador
Miembro de la Junta de Sants Establiments Units
Profesor de Empresa en La Salle Gràcia
Miembro del Consell de Ciutat de Barcelona
Miembro de la Junta de Federació Veïns
Presidente de la Associació de Veïns i Veïnes de la Plaça de la Farga
📞 661 463 306
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