Cuando el pasado no pesa igual para todos

Cuando el pasado no pesa igual para todos: prácticas restaurativas, abusos entre menores y heridas familiares

Hay conflictos familiares que no desaparecen con el paso del tiempo. También hay situaciones que, sin haber sido necesariamente olvidadas ni resueltas, ocupan un lugar diferente en la vida de cada una de las personas que las vivieron.

Esta es una de las cuestiones más complejas que podemos encontrar en el ámbito de las prácticas y la justicia restaurativas. ¿Qué ocurre cuando han transcurrido muchos años desde unos hechos graves? ¿Qué sucede cuando las personas implicadas, que entonces eran menores de edad, son hoy adultas? ¿Y qué ocurre cuando son los padres, y no necesariamente los hijos directamente afectados, quienes sienten la necesidad de volver al pasado, hablar de lo que ocurrió e intentar reparar sus consecuencias?

No hay una respuesta sencilla. Precisamente por ello, antes de iniciar cualquier intervención, es importante escuchar, comprender las necesidades actuales de las personas implicadas y preguntarse cuál es realmente el problema que se pretende abordar.

La serie Pubertat y la mirada restaurativa

La serie Pubertat, creada y dirigida por Leticia Dolera, ha contribuido a acercar al gran público algunas reflexiones relacionadas con las agresiones sexuales entre adolescentes, la responsabilidad, el daño, las familias y la comunidad.

La historia se sitúa en el entorno de una agrupación castellera que se ve profundamente afectada por una denuncia de agresión sexual en la que están implicados varios adolescentes. Más allá de los hechos concretos que plantea la ficción, uno de los aspectos más interesantes de la serie es que nos invita a mirar más allá de la tradicional dicotomía entre culpables y víctimas.

La mirada restaurativa nos lleva a formularnos preguntas que van más allá de determinar quién es culpable y qué castigo merece. Nos interesa comprender qué ha ocurrido, quién ha resultado afectado, qué consecuencias han tenido los hechos, qué responsabilidades existen y si es posible algún tipo de reparación. También nos obliga a reflexionar sobre el papel que pueden desempeñar las familias y, en determinadas situaciones, la propia comunidad.

Estas preguntas forman parte de la mirada que proponen las prácticas restaurativas.

¿Qué son las prácticas restaurativas?

Las prácticas restaurativas constituyen una forma de abordar los conflictos y los daños que pone el acento en las personas, las relaciones, las responsabilidades y las necesidades surgidas a raíz de los hechos.

Desde esta perspectiva, no se trata únicamente de preguntarse quién ha hecho algo mal y qué consecuencia debe tener su conducta. La mirada se amplía para intentar comprender qué ha ocurrido, quién ha resultado afectado, qué necesidades existen en el momento actual, qué responsabilidades se pueden asumir y qué se podría hacer, si es posible, para reparar las consecuencias del daño causado.

Esta forma de abordar las situaciones conflictivas puede resultar especialmente interesante en determinados conflictos familiares, educativos, comunitarios y relacionales.

Sin embargo, conviene recordar una cuestión fundamental: las prácticas restaurativas no son adecuadas para todas las situaciones ni deben ponerse en marcha simplemente porque exista un daño en el pasado.

¿Qué ocurre cuando han transcurrido muchos años?

Imaginemos una situación familiar en la que, durante la infancia o la adolescencia, se producen unos hechos graves entre hermanos. Con los años, estos hechos salen a la luz y la familia busca ayuda profesional. Se habla de lo ocurrido, se producen peticiones de perdón, se intenta algún tipo de reparación y se llevan a cabo intervenciones profesionales.

Después pasan los años. Muchos años.

Aquellos niños y adolescentes son hoy personas adultas. Han construido sus propias vidas, han tenido parejas, hijos, profesiones, dificultades, éxitos y fracasos. Algunos pueden vivir a cientos o miles de kilómetros de distancia. Las relaciones familiares continúan existiendo, pero quizá ya no tienen la intensidad que tenían décadas atrás.

En un momento determinado, uno de los padres puede preguntarse si sería necesario volver a hablar de lo ocurrido, si todavía se podría hacer algo o si sería posible una intervención desde el ámbito de las prácticas restaurativas.

La pregunta es perfectamente legítima. Pero antes de intentar responderla, creo que es necesario formular otra que es todavía más importante: ¿quién necesita realmente esta intervención?

Cuando la necesidad de reparar es de los padres

Este es uno de los aspectos menos comentados cuando hablamos de justicia y prácticas restaurativas.

En ocasiones, las personas directamente implicadas en unos hechos del pasado han continuado con sus vidas. Esto no significa necesariamente que hayan olvidado lo ocurrido, que el daño no haya existido o que todo esté resuelto. Simplemente puede significar que, en ese momento concreto de sus vidas, no sienten la necesidad de volver a hablar de los hechos ni de participar en ninguna nueva intervención.

En cambio, los padres pueden continuar haciéndose muchas preguntas. Pueden preguntarse qué hicieron mal, si podrían haber actuado de otra manera, si protegieron suficientemente a sus hijos, si la intervención profesional que se llevó a cabo fue adecuada o si todavía podrían hacer algo para reparar aquello que consideran que no supieron resolver en su momento.

Estas preguntas pueden acompañar a una persona durante muchos años y generar sentimientos de preocupación, responsabilidad o culpa.

Aquí aparece una cuestión especialmente delicada: la necesidad de los padres de reparar no es necesariamente la necesidad de los hijos de participar en un proceso restaurativo.

Esta diferencia es esencial y debería explorarse con mucha prudencia antes de promover cualquier actuación.

El riesgo de los sesgos interpretativos

Cuando miramos atrás, todos interpretamos el pasado desde el presente.

Un padre o una madre puede observar que sus hijos tienen poca relación entre ellos, que uno vive lejos, que otro atraviesa dificultades personales, que los encuentros familiares son poco frecuentes o que la familia ya no está tan unida como lo estaba antes. Ante esta realidad, puede llegar a la conclusión de que la situación actual es consecuencia directa de lo que ocurrió muchos años atrás.

Quizá exista esta relación. Pero también puede ser que no.

Este es uno de los posibles sesgos interpretativos que conviene explorar antes de iniciar cualquier intervención.

Con el paso de los años, los hijos crecen y construyen sus propias vidas. Forman parejas, tienen hijos, desarrollan trayectorias profesionales diferentes y, en algunos casos, cambian de ciudad o de país. Las relaciones entre hermanos también evolucionan y pueden perder intensidad sin que ello sea necesariamente consecuencia de un trauma no resuelto o de un conflicto familiar que requiera una intervención profesional.

Una cierta dispersión familiar, una menor frecuencia en los contactos o unas relaciones menos intensas pueden formar parte de la evolución de muchas familias.

Por ello, antes de atribuir una situación familiar actual a unos hechos ocurridos décadas atrás, es necesario preguntarse si disponemos de elementos suficientes para establecer esta relación.

El peligro de querer reparar aquello que los demás no piden reparar

Las prácticas restaurativas parten de un principio esencial: la voluntariedad.

No se puede obligar a nadie a participar en un proceso restaurativo. Una persona que ha sufrido un daño tiene derecho a participar si considera que este proceso puede ayudarla, pero también tiene derecho a no hacerlo.

Tiene derecho a no hablar de lo ocurrido, a no encontrarse con nadie, a no dar explicaciones, a no perdonar e, incluso, a considerar que no necesita ninguna nueva intervención en relación con unos hechos del pasado.

Esta realidad plantea una cuestión que puede resultar incómoda, pero que considero importante: tampoco podemos dar por sentado que una persona necesita ser reparada simplemente porque otra persona considera que existe algo pendiente de reparar.

La voluntad de ayudar puede ser sincera y bienintencionada. Sin embargo, una intervención inadecuada, precipitada o no deseada también puede provocar consecuencias negativas.

Por ello, antes de actuar, es necesario escuchar. Y es necesario escuchar especialmente a las personas directamente afectadas.

La justicia restaurativa no significa necesariamente reconciliación

Existe una confusión relativamente frecuente cuando se habla de justicia restaurativa: pensar que el objetivo de un proceso restaurativo es conseguir que las personas se reconcilien.

No necesariamente.

La reconciliación puede producirse o no. Las personas pueden decidir retomar una relación, transformarla, establecer nuevos límites o considerar que la mejor decisión es mantener una determinada distancia.

El objetivo de una intervención restaurativa no debería ser reconstruir una determinada idea de familia, conseguir que unos hermanos vuelvan a tener una relación intensa ni regresar a una situación familiar que quizá solo existe en el recuerdo o en las expectativas de los padres.

La pregunta debería ser otra: ¿qué necesitan actualmente las personas implicadas?

Primero hay que identificar cuál es el problema actual

Antes de iniciar cualquier proceso restaurativo, hay una pregunta que considero fundamental: ¿cuál es el problema actual que queremos abordar?

No es lo mismo que una persona que sufrió un daño quiera hablar de ello que la existencia de un conflicto actual entre hermanos. Tampoco es lo mismo que una familia tenga dificultades de comunicación, que unos padres estén preocupados por la distancia entre sus hijos o que un padre o una madre sienta, después de muchos años, que determinados hechos del pasado no quedaron suficientemente resueltos.

Son situaciones diferentes y probablemente necesitan respuestas diferentes.

En algunos casos puede ser adecuada una intervención restaurativa. En otros, una mediación familiar. En determinadas situaciones puede ser más conveniente un acompañamiento psicológico o terapéutico, mientras que en otras puede ser suficiente facilitar un espacio de reflexión y escucha.

Y también se puede llegar a la conclusión de que la mejor intervención es no intervenir.

Cuando no intervenir también es una decisión profesional

Vivimos en una sociedad que a menudo considera que cualquier problema necesita una solución y que cualquier conflicto requiere una intervención.

Sin embargo, los profesionales que trabajamos en la mediación, la gestión de conflictos y las prácticas restaurativas también debemos preguntarnos si es realmente necesario intervenir, quién solicita la intervención, con qué finalidad, qué beneficios podría aportar y qué riesgos puede comportar.

En situaciones especialmente sensibles, también es necesario plantearse si, intentando reparar un daño antiguo, podríamos acabar provocando uno nuevo.

No iniciar un proceso restaurativo no significa ignorar el pasado. Puede significar, simplemente, respetar las decisiones, los tiempos y las necesidades de las personas.

Y eso también forma parte de la responsabilidad profesional.

Cuando el problema actual quizá no sea el problema del pasado

Esta distinción me parece especialmente importante.

Una familia puede consultar a un profesional a consecuencia de unos hechos ocurridos muchos años atrás. Pero ello no significa necesariamente que aquellos hechos sean el problema que debe abordarse hoy.

Quizá el problema actual sea la preocupación de unos padres por sus hijos adultos. Quizá sea la distancia emocional entre los miembros de la familia. Quizá sea la dificultad de aceptar que los hijos han construido vidas independientes. Quizá exista un sentimiento de culpa o de responsabilidad que no ha podido ser elaborado. O quizá, sencillamente, alguien necesite comprender mejor qué ocurrió y qué puede hacer ahora.

Por ello, una de las primeras tareas del profesional es ayudar a diferenciar entre los hechos del pasado, las consecuencias que aquellos hechos pueden haber tenido y las necesidades que existen en el presente.

Sin esta distinción, corremos el riesgo de intentar resolver un problema que las personas directamente implicadas no identifican como tal.

La importancia de la preparación previa

Una práctica restaurativa no comienza necesariamente sentando a todas las personas implicadas alrededor de una mesa. De hecho, en situaciones complejas, esta podría ser una decisión precipitada.

Antes es necesario escuchar, conocer las necesidades de las personas, explorar sus expectativas, identificar posibles riesgos, valorar la voluntariedad de cada una de ellas y determinar si existen las condiciones necesarias para avanzar.

Esta fase previa puede requerir entrevistas individuales, espacios de reflexión y, en determinados casos, la participación coordinada de profesionales de diferentes disciplinas.

Después de este trabajo, la conclusión puede ser que existen las condiciones necesarias para iniciar un proceso restaurativo. Pero también puede ser que no.

Ambas conclusiones pueden ser profesionalmente adecuadas.

El tiempo no afecta de la misma manera a todas las personas

Una de las grandes lecciones que nos ofrecen los conflictos familiares es que el tiempo no transcurre de la misma manera para todos.

Un mismo hecho puede ocupar un lugar completamente diferente en la vida de cada una de las personas implicadas. Para una persona puede continuar siendo una herida abierta. Para otra, un recuerdo doloroso con el que ha aprendido a convivir. Para una tercera, una cuestión sobre la que no quiere volver.

Y para los padres, unos hechos del pasado pueden convertirse, con los años, en una fuente de preguntas, dudas, responsabilidades y sentimientos difíciles de gestionar.

Las prácticas restaurativas pueden ofrecer herramientas extraordinariamente valiosas para abordar situaciones complejas. Pero quizá la primera práctica restaurativa sea, precisamente, escuchar antes de actuar.

Escuchar a quien pide ayuda, a quien ha sufrido el daño, a quien lo causó y a las familias implicadas. Y también saber respetar los silencios.

Porque reparar no siempre significa volver al pasado. A veces, reparar significa comprenderlo. Otras veces significa hablar de ello. Y, en algunas ocasiones, significa respetar que las personas han decidido seguir caminando.

¿Quieres hablar de tu caso?

Si te encuentras ante una situación familiar compleja, un conflicto que se arrastra desde hace tiempo o te preguntas si la mediación familiar o las prácticas restaurativas pueden ser adecuadas para abordarlo, puedes contactar conmigo.

Cada situación es diferente y requiere ser escuchada y valorada individualmente. Antes de iniciar cualquier intervención, es importante comprender qué ha ocurrido, cuáles son las necesidades actuales de las personas implicadas y valorar, con prudencia, cuál puede ser la vía más adecuada.

Como abogado y mediador de conflictos en Barcelona, con formación especializada en mediación, conciliación, otros medios adecuados de solución de controversias (MASC) y prácticas restaurativas, puedo ayudarte a valorar la situación y explorar las posibles vías para abordarla.

Si quieres explicarme tu caso o realizar una primera consulta, puedes contactar conmigo. Cada situación merece ser escuchada antes de decidir si es necesario intervenir y, en caso afirmativo, cuál es la vía más adecuada.

Daniel Sererols Villalón
Abogado y mediador de conflictos en Barcelona

Tel. 661 463 306
Correo electrónico: daniel@mediadorconflictos.com

 

 

 

 

 

 

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