22 Jul ¿Es correcto hablar de «mediar» cuando se actúa en favor de una de las partes?
¿Es correcto hablar de «mediar» cuando se actúa en favor de una de las partes?
Una reflexión sobre la diferencia entre mediación, intermediación e influencia, desde la perspectiva de un abogado y mediador de conflictos en Barcelona
Llevo varios días escuchando en televisión una expresión que, como abogado y mediador de conflictos, me ha llamado la atención. Informativo tras informativo se afirma que determinadas personas «mediaron para conseguir financiación pública de forma presuntamente irregular para una empresa», que «mediaron ante la Administración» o que «actuaron como mediadores» para favorecer una determinada operación.
No pretendo entrar en el debate político ni en el procedimiento judicial al que hacen referencia esas noticias. Serán los tribunales quienes determinen qué ocurrió realmente y si existió o no alguna conducta contraria a Derecho. Mi reflexión va por otro camino. Lo que me preocupa es que se esté utilizando una palabra que identifica una profesión perfectamente regulada para describir actuaciones que algunos medios relacionan con un eventual tráfico de influencias o con la obtención presuntamente irregular de financiación pública.
Movido por esa inquietud, acudí al Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española para comprobar si realmente ese uso era incorrecto. Y descubrí que la respuesta no es tan sencilla como podría parecer. La RAE recoge, por una parte, la acepción clásica del verbo mediar, entendida como intervenir entre dos o más personas para ponerlas de acuerdo o reconciliarlas. Pero añade una segunda acepción que consiste en interceder o intervenir en favor de alguien. Desde un punto de vista estrictamente lingüístico, por tanto, los periodistas no están utilizando mal el verbo cuando afirman que alguien «medió» para favorecer los intereses de una empresa. El diccionario admite ese uso.
Sin embargo, que una expresión sea correcta desde el punto de vista lingüístico no significa necesariamente que sea la más adecuada en todos los contextos. Y aquí es donde, a mi juicio, aparece el verdadero problema. Cuando durante días o semanas millones de personas escuchan que alguien «ha mediado» para conseguir financiación pública, para influir en una decisión administrativa o para favorecer los intereses de una empresa de forma irregular, el significado técnico y profesional de la mediación acaba diluyéndose. Poco a poco se instala la idea de que un mediador es alguien que utiliza su influencia, sus contactos o su capacidad de persuasión para beneficiar a una de las partes. Esa asociación puede parecer inocente, pero resulta profundamente injusta para quienes ejercemos la mediación como profesión.
La mediación profesional no consiste en representar intereses particulares, ni en defender la posición de quien solicita nuestros servicios, ni en realizar gestiones ante la Administración, ni en abrir puertas, ni en obtener ventajas para una de las partes. Nuestra función es precisamente la contraria. El mediador ocupa una posición de absoluta neutralidad e imparcialidad. No decide quién tiene razón, no habla en nombre de nadie y no trata de convencer a la otra parte. Su trabajo consiste en facilitar la comunicación, ordenar el diálogo y crear las condiciones necesarias para que las personas implicadas puedan construir por sí mismas una solución al conflicto. Esa es la esencia de la mediación y también la razón por la que el legislador la ha configurado como un procedimiento basado en la voluntariedad, la confidencialidad, la igualdad de las partes y la imparcialidad del profesional que la dirige.
Por eso considero que el debate no es meramente terminológico. Las palabras no solo describen la realidad; también contribuyen a construir la imagen que la sociedad tiene de las profesiones. Si el verbo mediar termina utilizándose de forma habitual para referirse a actuaciones realizadas exclusivamente en beneficio de una de las partes o incluso a conductas que, en determinados casos, puedan llegar a investigarse por un eventual delito de tráfico de influencias, corremos el riesgo de proyectar sobre la mediación una imagen que le es completamente ajena. Y eso perjudica no solo a quienes nos dedicamos profesionalmente a esta actividad, sino también a los ciudadanos que podrían beneficiarse de ella y que merecen conocer con claridad en qué consiste realmente.
Creo sinceramente que, en esos contextos, el lenguaje podría ser más preciso. Si una persona actúa defendiendo los intereses de otra para intentar obtener una determinada decisión administrativa, probablemente expresiones como interceder, intermediar, representar intereses, realizar gestiones o actuar como interlocutor describen mucho mejor esa realidad que el verbo mediar. No porque la Real Academia Española se equivoque, sino porque esas palabras evitan confundir una actividad de representación o de intermediación con una profesión cuya característica esencial es precisamente no representar a nadie.
No escribo estas líneas para corregir a ningún periodista ni para cuestionar una investigación judicial cuyo desenlace desconozco. Las escribo porque creo que quienes nos dedicamos a la mediación tenemos también la responsabilidad de explicar qué hacemos y, sobre todo, qué no hacemos.
La mediación es una profesión regulada, con principios éticos y jurídicos muy exigentes. Se sustenta en la neutralidad, la imparcialidad, la confidencialidad y la voluntariedad de las partes. Precisamente por eso considero importante evitar que el lenguaje pueda asociarla, aunque sea de forma inconsciente, a actuaciones consistentes en influir sobre quien debe tomar una decisión, representar intereses particulares o realizar gestiones encaminadas a favorecer a una de las partes. Esas actividades pertenecen a un ámbito completamente distinto y, en determinados supuestos, incluso pueden llegar a ser objeto de investigación judicial.
Por eso creo que merece la pena ser especialmente cuidadosos con las palabras. No porque la Real Academia Española se equivoque, sino porque el prestigio de una profesión también depende de que la sociedad comprenda con claridad cuál es su verdadera función y cuáles son los principios que la inspiran.
Un mediador no influye. Un mediador equilibra.
Daniel Sererols Villalón
Abogado y Mediador de Conflictos en Barcelona
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